Mientras desempeñaba sus tareas como portero de una escuela de la localidad cordobesa de Laboulaye, Miguel Rodríguez (42 años) comenzó a sentir curiosidad de cómo sería terminar el secundario.

Un buen día decidió dejar sus elucubraciones, y se inscribió. Actualmente cursa primer año, y es compañero de su propia hija, María Celina.

Rodríguez trabaja en el mantenimiento del establecimiento. Cuando finaliza su horario laboral regresa a almorzar a su casa, e inmediatamente regresa a la escuela, pero esta vez como alumno.

"Me generaba curiosidad todo lo que se hablaba y pensé ‘¿por qué yo no?’. Entonces hablé con las docentes y les pregunté si trabajando yo podía estudiar, y me dijeron que sí. Este año me anoté y ocurrió que mi hija también se entusiasmó", contó Miguel al diario Puntal de Río Cuarto.

"Soy el primero en llegar porque tengo que dejar todo listo, y el último en entrar al aula. También de irme del colegio. Porque una vez que se termina tipo 23:30, se cierra el colegio y me voy", dijo.